
Lo cierto es que la propia composición del libro -en realidad, un amasijo de notas, aforismos y pequeños ensayos con un propósito más o menos preciso, pero que nunca conoció una articulación formal clara y definitiva- ha propiciado las versiones, reducciones y adaptaciones más o menos afortunadas a lo largo de la historia. Algunas, desfiguran el original hasta hacerlo irreconocible, como es el caso de la traducida por Eugenio d'Ors; otras son tan fieles a la fuente, y tan prolijas, que no hay quien las lea con provecho, debiendo realizar una tarea de lectura en diagonal que causa dolor, de tan cruenta (me ahorraré referencias enojosas).
No es el caso de la de Torné, al contrario: destila esta edición tanta sapiencia organizativa, tanta lealtad al "espíritu" que sin dudo guió al autor, que yo creo que, de poder leerla, al propio Pascal se le saltarían las lágrimas de puro agradecimiento. El lector tampoco podrá reprimir la admiración, incluso la sorpresa, al redescubrir un texto que daba por sabido y consabido, y que sin embargo vuelve a lucir ahora en todo su esplendor desgarrado, en toda su ingrata lucidez. Y es que es la de Pascal una lectura implacable, certera, durísima, moderna hasta la náusea... tanto, que a ratos a uno le parece estar leyendo al mismísimo Cioran, otro espíritu despierto y atormentado.
Sin embargo, Pascal sólo es moderno en la detección de los males que aquejan a la humanidad, no en la terapia que propone para remediarlos. Para él, sólo en la fe puede el hombre hallar una vía para suturar su perpetuo desgarro entre lo que desea y lo que consigue, lo que siente y lo que sabe, lo que es y lo que querría ser. Su diagnóstico es claro: "Sin deseo y voluntad no se puede estar afligido, con deseo y voluntad sólo se puede estar afligido". Está claro que el hombre posmoderno ha decidido que su auténtica esencia consiste en desear y querer, por lo tanto, en sufrir a ciegas, alejarse de Dios, no preocuparse del infinito, abjurar de la razón y de la fe a partes iguales, y entregarse a las diversiones como si fuesen sustanciales, huyendo de sí mismo en una carrera uniformemente acelerada que acaba siempre mal.
A pesar de que la de Pascal es una apuesta cristiana de un modo total e inequívoco -y contra el tópico de que las razones del corazón que la razón no entiende son más importantes que las que tiene perfectamente claras-, no abjura el autor de la dignidad del pensamiento humano, antes al contrario: "El hombre debe centrarse en el pensamiento, allí radica su dignidad, sólo allí puede ser grande". En estas páginas se libra un combate decidido a su favor ("sólo un necio desobedecería su razón", "el hombre obra bien cuando decide según lo que dicta la voz constante de su razón") y en contra de las pasiones ("toda pasión dominada es una virtud"). Eso sí, razón y pasión nada pueden ante la pujanza de una evidencia, y es la de la absoluta miseria del ser humano privado de su apertura al ámbito de la trascendencia. Para Pascal, Dios "le enseña al hombre que tiene algo de valor en el fondo de su corazón, y le imprime el deseo de conservarlo"... ¿hay un premio mayor? Sin Dios -entiéndase lo que se quiera por este concepto, tan manoseado-, el hombre ni siquiera puede ser hombre por completo; y, sin el hombre, Dios ni siquiera 'sabría' de sí mismo... ¿qué tarea más alta? No se me ocurre ninguna.
En unos tiempos tan estúpidos como los que nos ha tocado padecer, el Pascal de Torné (así es como habría que referirse en adelante a este extraordinario libro que ya siempre me acompañará en lo que me queda de vida) supone una inyección intelectual y espiritual mayúscula. No hay línea sin sopesar, párrafo sin provecho, página que esté de más; al contrario, es un libro que te crece entre las manos a medida que lo lees, entre el estupor y la maravilla. Créanme, no soy yo muy dado a la hipérbole crítica... más bien lo contrario. Compren este libro, léanlo, subráyenlo y guárdenlo cerca de su corazón. Con dificultad van a encontrar, en esta decadente era del vacío, un compañero mejor.
B. Pascal, Tratados de la desesperación. Edición de Gonzalo Torné. Hermida Editores, Madrid, 2016. 131 páginas.
Goethe: acreditar las dudas
Johann Wolfgang von Goethe (Frankfurt, 1749-Weimar, 1832) fue un poeta, novelista, dramaturgo y científico alemán que ayudó a fundar el romanticismo, movimiento al que influenció profundamente. Su obra, que abarca géneros como la novela, la poesía lírica, el drama e incluso controvertidos tratados científicos, dejó una profunda huella en importantes escritores, compositores, pensadores y artistas posteriores, siendo incalculable en la filosofía alemana posterior y constante fuente de inspiración para todo tipo de obras. Su estilo, plagado de afirmaciones sentenciosas, ha permitido que la tradición espigue abundantes máximas, sentencias y aforismos, de entre los cuales El Aforista ha seleccionado los que reproducimos a continuación.
Los irónicos caracteres de La Bruyère

Voltaire: contra la civilizada barbarie
Compuesto por más de diecisiete mil páginas en doce volúmenes, el Diario íntimo de Amiel, escrito entre 1839 y 1881, fue publicado sólo póstumamente en un epítome de quinientas páginas y dos volúmenes por su amigo Edmond Schérer (1884). El autor había empezado a escribirlo atormentado "por la eterna desproporción entre la vida soñada y la vida real" y armado de un bisturí crítico despiadado, que ejerció con la obsesión de conocerse a sí mismo hasta el masoquismo. El Aforista publica una brevísima muestra del riquísimo cuaderno íntimo de Amiel.
Joseph Joubert: un espíritu ligero
De todos los moralistas clásicos franceses, puede que Joseph Joubert sea uno de los más ricos, profundos y matizados. Sin perder un ápice de la implacable lucidez que caracteriza a La Rochefoucauld, le supera con creces por su empatía humana, su tierna comprensión de las debilidades comunes. Irónico como Chamfort, se resiste en cambio a expresarse de forma ácida, decantándose más bien por una expresividad tenue, elusiva y vaporosa.
Chamfort: el valor de no aprender

Vauvenargues: la virtud de la indulgencia
Luc de Clapiers, marqués de Vauvenargues, nació en 1715 en Aix-en-Provence y murió en París, en 1747. Tras un tiempo de servicio en el ejército francés, se dedicó en exclusiva al pensamiento y la escritura, siendo su obra más destacada el tratado titulado Introducción al conocimiento del espíritu humano, seguida de Reflexiones y máximas (1746). De sus sentencias se realizaron varias ediciones, con distinto contenido, de manera que en la actualidad se dan a conocer agrupadas en tres secciones: publicadas, póstumas y suprimidas, esto es, que no aparecen en todas las ediciones. En total, suman 945, oscilando entre la máxima clásica, breve y concisa, y la reflexión más o menos extensa y sintácticamente trabada.
La lúcida amargura de La Rochefoucauld
